Cuando un acontecimiento de nuestras vidas ocurre con una intensidad tal que nos deja sin capacidad para responder adecuadamente en ese momento, o cuando se vuelve difícil comprenderlo y elaborarlo aun después de transcurrido un tiempo, hablamos de trauma. En ocasiones, no se trata de un único hecho, sino de una acumulación de experiencias que, sumadas, terminan resultando igualmente difíciles de procesar.
Esta situación puede ser aún más compleja en la infancia. Cuando un niño atraviesa experiencias para las cuales todavía no dispone de palabras que le permitan nombrarlas, comprenderlas o comunicarlas, la elaboración emocional se vuelve más difícil.
Algo similar puede ocurrir a nivel social. Vivimos en una época caracterizada por un flujo constante de información, cambios acelerados y múltiples demandas. Recibimos noticias, mensajes, imágenes y datos de manera permanente. Sin embargo, muchas veces disponemos de poco tiempo para reflexionar sobre ellos, darles significado e integrarlos a nuestra experiencia.
El espacio para el diálogo fecundo con los demás corre el riesgo de reducirse a intercambios breves y fragmentados. En ocasiones, la comunicación queda limitada a mensajes rápidos que transmiten información, pero dejan poco lugar para expresar emociones, compartir ideas, elaborar preocupaciones o construir una comprensión más profunda de lo que vivimos. En este contexto, los emoticones o los memes pueden aportar matices emocionales, aunque muchas veces no alcanzan a sustituir la riqueza del diálogo ni la profundidad de la conversación.
Los códigos de comunicación cambian vertiginosamente y, en algunos casos, pueden favorecer sentimientos de aislamiento afectivo, vacío o desconexión. Incluso los espacios destinados tradicionalmente al encuentro y la conversación suelen verse invadidos por el ruido, las interrupciones y la prisa cotidiana.
Por ello, resulta fundamental revalorizar y promover espacios donde la palabra pueda desplegar toda su riqueza expresiva: la lectura, el diálogo, la conversación, la escucha y la verdadera comunicación. Nombrar nuestras experiencias, compartirlas con otros y encontrar palabras para comprenderlas constituye una parte esencial de nuestro bienestar emocional y de nuestra vida en comunidad.
Recuperar las palabras es también recuperar la posibilidad de encontrarnos con nosotros mismos y con los demás.
Josefina Calí, LMHC
Psicoterapeuta y Consejera en Salud Mental
Consultora en Recursos Humanos

